Capítulo tres
El invierno en que se congeló el río
El frío llegó temprano aquel año, como llegan las malas noticias: en silencio, y luego de golpe. Yo tenía nueve años, y el río detrás de nuestra casa, que había corrido pardo y paciente durante todos los veranos de mi infancia, dejó de moverse por completo. Mi padre se quedó junto a la ventana de la cocina con su café y dijo, sin dirigirse a nadie, que nunca lo había visto congelarse antes de Navidad.
Lo que mejor recuerdo no es el frío sino su sonido: el quejido del hielo bajo nuestras botas, como una puerta vieja que se abre en una casa donde uno no debería estar. Mi hermano Tomás fue primero, porque él siempre iba primero, y yo lo seguí, porque ese era mi trabajo. A mitad de camino se dio la vuelta con esa sonrisa que conservó el resto de su vida, incluso años después en el hospital, y gritó: ¿ves? El mundo te sostiene, si sigues moviéndote.
Nuestra madre nunca se enteró. O eso creímos durante cuarenta años, hasta la tarde de su noventa cumpleaños, cuando dejó la taza y preguntó, como quien no quiere la cosa, si todavía pensábamos que el río era un secreto. Las madres, he aprendido, guardan un archivo de todo. Este libro es el mío.